lunes, 20 de julio de 2009

INCESTUM PECATORUM

Por: Ricardo Chavez Castañeda


Desperté con la idea atravesada de matar a mamá, pero como siempre he pecado de escrupuloso, me fastidiaba la ausencia de motivos que justificaran la accion. El buan matricida, dictaban los canones, requiere minimo un complejo de Edipo no resuelto, y yo no hallaba en mi colección de traumas nada que se pareciera a un amor incestuoso por mamá. Adjudico la anomalía a la célebre fealdad de mi madre que entre giba, quistes, labio leporino y calvicie prematura dio al traste con la delicada teoria de Freud.



Escruté mi memoria en busca de otro pretexto quizá no tan reputado pero al menos inspirador de un asesinato de calidad, y no encontré sino dos coscorrones en el amanecer de mi infancia y una breve reconvención cuando quemé a mi hermano menor, métodos indigentes que no daban ni siquiera para aplicar el modesto método del desmembramiento.



Me repateaba transgredir el manual de buenas costumbres: tener a la víctima antes que las razones para matarla –ya Carreño precisaba en la página trescientos veintiuno que sin pasión, dinero o gloria de por medio, el homicidio resulta un cuanto enfermizo, pero más me irritaba el renunciar a mis propósitos así que a riesgo de parecer insano resolví actuar artísticamente y hacer del asesinato un fin en si mismo.



Reuní látigos, aros de hierro, garrotes, escarpines, cuchillos, plomo derretido y demás instrumentos impresindibles para la ejecución, porque si bien el problema del “lait motiv” quedaba solucionado, al hacer del matricidio una de las bellas artes, tenia la obligación de crear belleza y yo estaba dispuesto a arrancarle al menos una opera de alaridos a mamá.



Quizo el destino que aquel diami proyecto fuera todo menos original, pues cuando retorne a casa con el costal de armas y abrí la puerta sin ruido para no despertar a mamá a destiempo, ¡sorpresa!, entre sogas, charrascas, poleas, un hacha y las tenazas ardientes, mi madre me estaba esperando.



Ya se imaginaran la frustración que nos agobió a ambos. Tanto preparativo para que una amarga coincidencia de planes homicidas nos condenara aun fracaso común. Obvio: con la furia de las decepciones respectivas nos enredamos en violenta discusión.



Gracias a Dios la cosa no pasó a mayores pues cuando los ánimos exacerbados aguraban un funesto descenlace – mamá empuñaba el cuchillo y yo hendía el aire con el látigo- la razón se impuso, si ya habiamos violado la ley de la casualidad criminal, poco importaba un cambio de víctima en el último momento.



Yo renuncié al matricidio, mamá se resignó a no matarme y un poco mas tranquilos comenzamos a afilar las armas.



No tardaba en llegar papa.

1 comentario:

Paris Claudio dijo...

no me desagrada nada este ¿cuento?, pero tampoco me agrada del todo: por qué todos están locos hoy en día, o quieren estarlo diciendo no estoy loco pero voy a actuar como tal, cosa que hacen todos los locos, o los más locos que no hacen nada loco pero por dentro están bien locotes... bueno creo que el cuento no es para tomarlo tan en serio, bueno, tal vez me afecta , yo trato de no sentirme loco pues creo que debe ser horrible perder la cordura y bueno mientras escribo me auto contesto, creo que la gente lee-escribe esas cosa por entretenimiento, tal vez le parece divertido, ok , válido.